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domingo, 7 de mayo de 2017

UN POEMA DE ANTONIO CABRERA




MÍMESIS
                           A Rafa Correcher

LA luz solar percute
sobre las copas de los árboles
con resplandor y mácula,
con el carbón que esfuma
la penúltima lumbre.

Está ocurriendo: llega hasta las hojas
que van a diluirla, y al diluirla
la dejan existir.

Soy testigo
de su fuego templado.

Se queda en mí
como una incrustación
y arde a la vez,
muy sobriamente.

Sé que la estoy falsificando
con tanta realidad.

                                 de "Corteza de abedul". Tusquets, 2016


sábado, 2 de julio de 2016

ANTONIO CABRERA. DOS POEMAS



CORTEZA DE ABEDUL

TRAJE a casa, hace tiempo,
un poco de corteza de abedul.
Aun reseca conserva la misma palidez
a la que fui a asomarme entonces, gris
de octubre y bosques fríos, lavado por las nieblas;
no ha perdido tampoco las trazas de aquel rosa
tenue. Está muerta                                
                           a la manera viva
de la materia vegetal, de corrupción difusa.

Traje a casa corteza de abedul 
para tener al lado, junto a todo lo mío,
una cosa que fuera lo contrario
a mí,
antídoto de mí, piel convocada
de algo que me enfrentó y toqué, salud
venida de lo ajeno, un bien sin aura,
el sello de un presente en su verdad más simple:
el árbol y delante yo, y un hueco
separándonos, aire separándonos.

Corteza de abedul que fue abedul tan sólo,
mientras yo, siendo yo, acercaba mi mano.




INSTANTE DEL CANTO RODADO
                 (Alto Tajo)

DESTACABA entre muchos. Me acerqué.
Un guijarro cilíndrico y ferruginoso.
Pensé en las consabidas coincidencias,
en los años, los siglos, los milenios
que se necesitaron para darle
la cualidad aquella, la pátina oxidada
que me hizo descubrirlo.
Y pensé en la madeja
que habría estado devanando yo:
qué senda en garabato,
qué inconscientes distancias
se habrían ido tejiendo
hasta ponerme en su proximidad.
Sobre mi mano, solo, recibía
toda la luz de la mañana hincada
en la orilla del río.
De sus imperfecciones derivé
cristales inconclusos. De sus grietas,
excusas geológicas. Era una esquirla más
del Todo, pero daba a esa totalidad
un papel secundario.
                            Se exhibió tan concreto
que me obligó a eludir cualquier insinuación
de existencia sumada.
Se reunía en sí sobre mi palma,
en pedestal, severo. Su color
-una herrumbre muy bella, ya inmutable-
lo mantuvo cerrado a la tensión
del agua fragorosa y de los farallones,
como si no contasen.
El rumor de los pinos se desleía en torno.
Mi mano no era nada. Yo fui nadie.


                                     de “Corteza de abedul”. Tusquets, 2016


sábado, 22 de noviembre de 2014

ANTONIO CABRERA



LUGAR DE RUISEÑORES

Está junto a una fuente. No es secreto.        
Un barranco con zarzas, con aliagas,
con rosales silvestres, con adelfas.    
Es un espacio donde el tiempo esculpe        
un bronce vegetal exacto y limpio.   
A ese lugar retornan por abril
los ruiseñores, y abren de inmediato 
en la floresta su diálogo nocturno     
sobre intactas verdades misteriosas, 
en un idioma lleno de razones          
que son un raro compromiso y son   
al mismo tiempo hipnosis y soberbia.           

No he vuelto a ese lugar. Lo guardé un día  
en el firme paisaje de mi mente        
donde el cielo pensado está cubriendo         
la misma luz difícil, el prodigio        
de la fidelidad que lo impalpable     
a veces establece con lo grávido,      
con lo real, con lo que el aire mueve.

Allí también puedo escuchar el canto,          
la conjetura ardiente que medito.
                                         
                                      de “En la estación perpetua” Visor


UNA POÉTICA

EN las flores de jara
he visto que se esmeran,
bajo el foco
de mayo,
insectos diminutos
cuya obsesión
conmueve.

Yo me acerco a mirarlos,
con fijeza también,
y entonces
parece que libara,
de silogismos como estambres,
pequeñas conclusiones.

Esos escarabajos ínfimos
se cubren
de abstracción.

Y quedan en la luz
minucias
de mis razonamientos.

De luz y de abstracción
está rodeado
todo.
                                      
                                     de “Piedras al agua” Tusquets