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miércoles, 10 de julio de 2019

TRES POEMAS DE VICENTE GALLEGO



LA PÁGINA

Estáis las dos ahí,
en la terraza, justo
donde no rige el tiempo,
bajo una luz de hilo,
entre las hojas verdes
y los renuevos rojos.

Esa mujer, la niña
dejándose peinar,
las manos blancas
sobre el caudal oscuro,
el sol allí pasmado,
el aire entre las hebras
detenido, la página
escribiéndose,
conteniendo el aliento.



SABOR

En la pila, los verdes
de la lechuga fresca,
los tomates, tus manos
metidas hasta el fondo
en agua y sol.

¿Qué tiene esta cocina,
que es pequeña y es fea?

Tiene una gran ventana,
tiene una galería
muy del gusto de pájaros,
quién sabe qué amistades
con la luz, el poniente,
ropa blanca tendida
luna adentro.

Tiene que tú la llenas
de pimienta y sal.



MILANOS REALES

Iba la carretera
arrastrando el pincel
por toda la llanura.

Vimos balas en orden,
laderas de molinos,
plantaciones de mies
entintadas de cuervos.

Detuvimos el coche
bajo un árbol añoso,
el aliento del día
se nos hizo presente:
ese fondo despierto
donde zumba la abeja,
y se quiebra una caña.

Sobre campos de trilla,
de amarillo rastrojo,
dibujaban el círculo
del vuelo dos milanos.

Se recogió la tarde
en su ovillo de oro.


      de “A pájaros y migas” Editorial Visor, 2019

domingo, 30 de diciembre de 2018

POEMA DE VICENTE GALLEGO




CAFÉ DEL TIEMPO
                               A Matilde Barrado Pérez
BESABAN el mantel
unas gotas de vino.

Sobre el plato de loza,
cortados en rodajas,
los limones siguieron
oliendo, no sabían
que hubiera que morir.

Entró un rayo de luz,
vi las manchas del tiempo
en las manos lavadas
de mi madre.

Detrás, en la vitrina,
esa cristalería
que pellizqué de niño
y se quedó vibrando.

  
    de “Ramas de perejil” Libros Canto y Cuento, 2018

sábado, 4 de junio de 2016

TRES POEMAS DE VICENTE GALLEGO



CANTO XIX

Y cuando ya se ha visto
que nos despierta el día, que la noche
trae pronto su descanso,
que repartir el pan de tanto gozo,
que son las estaciones una cosa
sencilla de pasar
-flores, hojas difuntas-,
qué vuelo el corazón, cómo ya todo
encuentra su lugar en estas manos
rendidas, estas manos
de llevarnos a bien con lo de hoy:
suavemente tomar
de la cesta cerezas, y encontrarnos
con la fruta pelada,
con que hay un mediodía en la justicia.



CANTO XXVI

A quién le cabe duda de que fueron
obedientes las aguas del Mar Rojo,
¿no se abren aquí
-y no es menos tremendo de creer-
los pétalos de grana de una rosa?



CANTO XXIX

Ha venido a dormirse
un cabello de sol sobre el cristal.

En el vaso, el clavel
¿qué hondura le ve al agua?

Todo esto es demasiado a todas luces.

¿No veis que va a llevarnos
a alguna perdición?

                                             de “Ser el canto” Visor.

miércoles, 7 de octubre de 2015

TRES POEMAS DE VICENTE GALLEGO


CAMPOS DE GIRASOLES

                             A Sebastián Mondéjar

Con qué cuerpo de antorcha,
con qué desfachatez los girasoles
han hecho de los campos cosa suya.

Nunca fue sometido por las llamas,
en tan alta justicia gobernado,
un pedazo de tierra.

Ríndete, corazón,
que reina la belleza arrasadora.



TIERRA MOJADA

                        A Reinaldo Jiménez

Batidos por la lluvia,
los senderos del monte bajan llenos
de pulpa casi dulce.

Tierra carnal, bermeja, arrebolada,
cómo hueles así, que no se logra
decir a qué nos hueles, cuánta vida
se derrama en tu aroma, tierra nuestra
porque no eres de nadie y nos perfumas.



BIOGRAFÍA

Pasando aquí las noches,
a solas con el campo he terminado.

Enjuagando tomates
y oliéndoles la verde rama oscura.
Pelando mis patatas y poniéndolas
en trato de favor con unos ajos.

Y aún puedo permitirme
dar gracias con un tinto
que refresco con hielo y que me endulzo
con gajos de naranja y de limón.

Se diría que no he llegado lejos,
pero buscadme aquí,
perdido en la primicia de mi alma.


         de "Saber de grillos", Editorial Visor.


martes, 11 de agosto de 2015

VICENTE GALLEGO


AGOSTO EN SU CIMA


AGOSTO  está en su cima. El fósforo del sol rasca los montes. Las piedras crepitan a coro con las cigarras como carbón ardiendo. Duele la luz como si entrara por los ojos un estaño candente, y los oídos se consumen en su horno de laja. El cielo es tierra firme. La tierra se ha rajado el vientre, y se ve que le daban consistencia los pájaros del fondo. Tumbado bajo un olivo, sesteando en la hora vespertina, una espiga entre los dientes ha hecho un solo sentir de todo esto. Mi carne huele a ti y se sabe tuya, temperatura exacta del delirio.

De "Cuaderno de brotes". Editorial Pre-Textos.

jueves, 26 de marzo de 2015

VICENTE GALLEGO


Escuchando la música sacra de Vivaldi
                                  A Carlos Marzal y Felipe Benítez
Como agua bendita,
como santo rocío tras la noche de fiebre
lava el alma esta música con su perdón sincero,
fluyente arquitectura que en el aire vertebra
la ilusión de otra vida
salvada ya para gozar la gloria
de un magnánimo dios.
De lo terrestre naces,
del metal y la cuerda, de la madera noble,
de la humana garganta
que estremecida afirma la hora suya en el mundo;
y sin embargo vuelas, gratitud hecha música,
evanescente espíritu
que en el viento construyes tu perdurable reino.
Si algún eco de ti sonara en nuestra muerte...
En mitad de la muerte suenas hoy,
cadencioso milagro, pura ofrenda de fe
en honor de ese dios que no escucha tu ruego
o que escucha escondido, tras su silencio oscuro,
la demanda de luz con que el hombre lo abruma.
Y si no existe un dios,
¿quién inspira en tu canto tan cumplido consuelo,
extraña melodía de blasfema belleza
que a los hombres sugieres su condición divina,
para qué sordo oído
—cuando sea ya el nuestro desmemoria en el polvo—,
en mitad de la muerte, orgullosa plegaria emocionada,
celebras esa frágil plenitud
de no sé qué verano o qué huérfana espuma
feliz
de aquella ola
que en la mañana fuimos?

                                          de Santa deriva