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martes, 8 de agosto de 2017

UN POEMA DE ADOLFO GONZÁLEZ




ESCRITURA POÉTICA

Escribo porque escribo,
escribo por lo mismo que la rosa florece.

Escribo para nada, sólo para escribir,
igual que el río fluye para seguir fluyendo,
para no desbordarse,
para hacer lo que un río debe hacer.

Escribo, a ratos, como si bailara,
siguiendo el ritmo de una música
lejana, o muy de dentro.
Pero escribo también
-y sobre todo-
desde una quietud
asombrada, dejando
constancia del misterio,
de este eterno
instante que es la vida,
con breves testimonios,
con fugaces imágenes,
con palabras que copio del destino
-libro abierto al azar-
y que a veces consiguen sorprenderme.

Escribo, en todo caso,
siempre al dictado de una voz callada,
que se hace escuchar
precisamente por callada.

Escribo y escribo.
Escribiré
hasta que Dios o el tiempo así lo quieran.
No el poema que sueño algunos días
cuando no tengo el lápiz en la mano.
No:
escribo -escribiré-
el extraño poema que me sienta a la mesa
sin pedirme otro esfuerzo
que el mismo del frutal para dar fruto.
El poema que surge, inesperado,
como un relámpago en la noche
o un claro entre las nubes;
o, más humildemente,
como un grupo de versos o líneas
que de tarde en tarde se me ocurren.

           de “El poema que surge” La Isla de Siltolá, 2017


lunes, 17 de noviembre de 2014

DOS POEMAS DE ADOLFO GONZÁLEZ


LUNA LLENA

Tras esta la inicial estrofa del poema,
el lector alzará la vista al cielo
y mirará a la luna unos segundos
antes de proseguir con la lectura.

Ya en la segunda estrofa,
verá la luna llena del poema.

De inmediato
alzará la vista nuevamente
con la última estrofa:
acabará leyendo
la brillante palabra
del cielo.




¡CÚANTO TIEMPO!

Fue pasar del primer verso
al segundo
y ser otro
siendo el mismo.
                         Llevo siglos
por detrás de estas palabras
con el cuco que me sale de la boca y canta
ahora.