jueves, 7 de octubre de 2010

EFECTO MARIPOSA



En Selfoss el niño pelea contra la madre por cien gramos más de golosinas. El niño de ocho años y ocho kilos de más quiere, también, unos caramelos de colorines donde cada color es como un lápiz integrado en el caramelo, retorcido y alineado al color o lápiz de al lado, serrados a tamaños idénticos, no muy grandes. Es viernes y la tienda está medianamente concurrida, no sólo para comprar chucherías pues en Selfoss las tiendas son multicomplacientes, pequeñas, y venden casi de todo por lo que es imposible, por su tamaño, tener un orden lógico de los productos.
En Brooklyn hay una librería pequeña aunque tiene todo tipo de libros, todos apilados por el suelo pues los estantes hace tiempo que están llenos. Aquí tampoco existe un orden lógico para los libros. Suele ser frecuentada por dos tipos de personas, las que ya saben lo que quieren, que buscan al dependiente para hacerle directamente el pedido, y las que no, que normalmente acaban comprando más de lo previsto. Muy parecido a lo que ocurre en las tiendas de Selfoss donde también hay un pequeño hipermercado, pero allí las chucherías no las venden a granel. Se han de comprar varias bolsas pues cada una trae sólo un modelo, sin embargo al no haber muchas donde elegir se pierde en variedad.
En Selfoss no hay demasiada diversidad humana. Seguramente influya la lejanía con respecto a los meridianos y el clima tan frío, aunque no es muy distinto a Brooklyn, unos -1 grados en enero y unos 12 en julio de media. Allí la gente es blanca pues nunca existió la esclavitud, al menos la africana, la oficial. Eso ha afectado a la uniformidad en los colores y en el tamaño de las personas. Eso ahora está cambiando por el tema del boom inmobiliario; cuando falta mano de obra da lo mismo el color. No hay rascacielos, eso sí es distinto a Brooklyn, donde además existe un puente que podría llamarse del suspiro por la cantidad de enamorados que se han lanzado. Una vez el puente estuvo cortado al tráfico esperando la decisión de una pareja que quería lanzarse a las aguas del East River. Finalmente la madre de la chica la convenció prometiéndole que la dejaría hacer con su vida lo que quisiera. Ella, al escuchar eso se apartó del filo del puente aflojando la mano de su supuesto novio y volvió junto a la madre. El supuesto novio tardó algo más de tiempo en retroceder, pero finalmente lo hizo, aunque después no vio a su madre entre la multitud. Hubo una época en la que las parejas dejaban notitas de amor que escondían entre los huecos de los hierros. Esa moda ya pasó pero las notitas siguen allí. Nadie las toca pues suelen decir cosas muy aburridas. Prometen amor eterno y cosas parecidas, improvisadas por la calentura del momento, o sea, poco razonadas, aunque al ser una promesa entre dos, sin testigos, el valor legal es más bien escaso, sólo moral.
En Selfoss también construyeron un puente que con el tiempo se derrumbó. Levantaron otro. Allí nadie se suicida, seguramente por qué nadie se pararía por impedirlo y, eso sí, el agua es más fría. Cruza el río Ölfusá y hay una taberna en cada orilla. En estos sitios las tabernas y las iglesias suelen estar llenas aunque el que va a la taberna no suele ir a la iglesia. En la taberna de la orilla izquierda del río Ölfusá, mirando en la dirección de la desembocadura, suele pasar las tardes el padre del niño de las golosinas y también sufre un cierto sobrepeso. Trabaja a unos 30 kilómetros del centro de Selfoss y a unos 31 de la taberna.
En Brooklyn, en cambio, no es necesario pasar las tardes en las tabernas. Pasan más cosas en el puente; cada día pasan cosas. La más importante para Silverio es que su bisabuelo murió aplastado por un cable de acero más gordo que su brazo, mientras trabajaba en la construcción del puente. Su nombre no forma parte del total de 27 muertos oficiales. Era una de tanta mano de obra no registrada y también era negro. Wilson es hijo de Silverio y siempre tiene los labios rojos por las piruletas y aún no sabe que su madre pronto cobrará una pensión de su gobierno y, cuando sea mayor, su madre le dará una abollada placa en la que podrá leer el nombre de Silverio, su padre.
En Selfoss el polvo siempre es marrón, es tierra de volcanes. Brooklyn es tierra de rascacielos.
Selfoss lleva unos días envuelta en polvo marrón. La gente apenas sale, excepto a la taberna o a la iglesia. Como es viernes, también están las tiendas medianamente concurridas. Parece que ese polvo estropea los mecanismos de los aviones aunque al niño gordito de momento le es indiferente. Su única preocupación es conseguir 100 gramos más de golosinas, de esas retorcidas como lápices.
El polvo en Brooklyn fue de otra naturaleza. Tenía otro aspecto, como gris lechoso, y también paralizó todos los aviones, incluso millones de miradas. Los ojos de Silverio fueron unos de tantos. Ahora está más preocupado en sortear baches y en no asomar la cabeza por la tanqueta. Él ya es famoso al conseguir que despidieran a su General de División. El juicio fue por acoso moral y sexual y lo ganó por unanimidad del Consejo. Ahora está destacado cerca de Kandahar. Él, como su abuelo y su padre, es negro, en cambio el General es blanco y su mujer le ha pedido el divorcio aunque nunca han hecho vida conyugal. Silverio siempre lleva en la boca un pañuelo y los ojos protegidos con unas gafas, para el polvo.

Por megafonía dicen que el servicio de metro queda interrumpido, pero nadie presta atención, excepto la mirada de un niño buscando el sonido, dirigida hacia el altavoz. Los viernes el andén suele estar medianamente concurrido.
La línea 3 del metro lleva un tiempo que se ha puesto de moda para el suicidio.

18 comentarios:

Paloma Corrales dijo...

Muy bueno, Jose Antonio, consigues insertar en lo cotidiano, el amor, la muerte y la vida, o ¿o ya estaban insertados? y diría que lo rutinario encubre "medianamente" a lo extraordinario. Me gustó.

Abrazo.

Pedro F. Báez dijo...

Impartes perfecto orden al caos no aparente, pero presente. Yuxta y superposición de planos espaciales, personales y temporales, casi como en un sueño o en un pintura surrealista o un documental gráfico. Manejas todos los elementos del relato y su correspondencia con la teoría que lo inspiran, magistralmente. Islandia, Nueva York, el niño gordo blanco, el niño negro, sus ramificaciones e historias respectivas que son puntos radiales de orígenes y de referencias, indistintamente. Experiencias ambientales, sensoriales... la vida como metáfora de la muerte y el suicidio (ese leitmotiv tuyo, mío y de tantos otros, porque intriga, hace ponderar y fascina) como suerte de resurrección voluntaria y final... Me ha parecido un relato de absoluto lujo; hay mucho más por donde buscar y "entrarle". Hoy tengo que llamarme nuevamente "cerebrudo". No sé realmente, si como dicen, "la inteligencia es un fuerte afrodisíaco" en la vida real, pero sí que lo es, en esta instancia, desde el punto de vista intelectual y creativo. Me he enamorado de este relato. No podría estar mejor escrito. Reverencia y sombrero en mano para ti, José Antonio, que hoy, como decimos en Cuba, con gran estupor ante lo extraordinario: "¡te la comiste!". Gran y fuerte abrazo para ti, creador de genialidades.

Suntphoto dijo...

El mundo y sus cosas, cada uno con su objetivo, pase lo que pase en esta vida .... como dice la famosa frase "cada loco con su tema" y bien cierto que es. Todos estamos locos y solo pensamos en lo nuestro. Ley de vida.

Clara Schoenborn dijo...

De lo singular a lo particular, de la involución al génesis, el caso es que la desolación forma parte del alma humana y que cada sociedad es un reflejo, como un cuadro donde cada pincelazo es un grito o una carcajada. Un abrazo amigo mío.

José Antonio Fernández dijo...

Paloma: Esa era la idea, buscar en lo cotidiano lo extraordinario. Nos cremos que llevamos una vida rutinaria pero a nuestro alrededor pasan muchas, muchas cosas. Es cuestión de querer verlas. Muchas gracias.

Pedro: La disertación tuya vale más que el propio texto. Ya te comenté que casi consigues que sea más largo. Este texto lo realicé como ejercicio literario (no hay otra pretensión) a raiz de una propuesta que leí en "El País" semanal que no se quién ofreció realizar a no sé que escritores con la condición de relacionar el volcán Eyjafjallajökull de Islandia con el despido de un general de Afganistan. Quise probar y salió la chapuza que has leido. Te agradezco tus comentarios tan certeros y que sepas que leo con estupor tus excesivos elogios, por inmerecidos. Gracias.

Santi: Cada loco con su tema. Así es pero lo que hace un loco afecta al entorno, tarde o temprano llega. El efecto mariposa. Gracias compañero, incluso colega, incluso amigo, je,je.

Clara: Así es, el alma humana está llena de desolacíon y no hay que irse muy lejos para verlo. Nos creemos rodeados de felicidad y no queremos ver las miserias que se cuecen detrás de la puerta del vecino. Todos sentimos y necesitamos lo mismo, vivamos en Selfoss, en Brooklyn o en un pueblo perdido de Afganistán. Un abrazo, amiga y gran poeta.

Isabel Martínez Barquero dijo...

Me lo he leído con detenimiento, para que no se me escape detalle.
Me ha gustado, incluso tu estilo alejado y algo grave. Como con una cámara, acercas el objetivo a una u otra realidad, a las golosinas, al puente y a tantas cosas que nombras y describes.
Al final, ese escalofrío, ese andén nº 3 que me ha hecho temblar.
Un abrazo.

Elvira Daudet dijo...

Querido José Antonio:

Tu relato, escrito con distanciamiento y precisión de relojero, tiene tu especial caligrafía, tu estilo personal y hasta tus obsesiones; no podría ser de otro. Me interesa mucho todo lo que haces, aunque a veces tu frialdad de entomólogo me produzca un escalofrío.
Por favor, si sabes algo de Gustavo Pertierra dímelo. Hace mucho que no mueve su blog.
Un fuerte abrazo. Elvira

Micaela dijo...

Muy interesante el relato con la comparación de esas dos ciudades que nos describes y sus personajes tan peculiares. El final, tremebundo. Un fuerte abrazo y feliz domingo.

María dijo...

Me gusta la cadencia del relato, hablar de ciudades paralelas, distintas. Descripciones de actos sencillos y sin embargo se siente el desamparo como una pequeña incisión hacia el abismo.
Un abrazo. María

aniki dijo...

Magnífico relato, José Antonio. Cuánta vida en tan pocas líneas, cuántas diferencias existenciales.

Un beso enorme.

Carolina F. dijo...

Fabuloso. De principio a fin,un texto sin desperdicio

José María Piñeiro dijo...

Está bien, José Antonio. ¿Se trata de una crónica imaginaria o es que has viajado allí?

TORO SALVAJE dijo...

Me lo he pasado de lujo entre Islandia y Usa.
Es muy bueno.
Si lo firmara Auster habría peleas entre las editoriales por publicarlo.

Saludos.

Antonio Misas dijo...

José Antonio,

Pues está muy bien el ejercicio. Me gusta la mirada del narrador, que no se implica, que lo cuenta como un mero espectador que informa literariamente de una manera monótona y plana, consiguiendo una fotografía de la vida llena de sucesos enfrentados, de terribles acontecimientos pero en frio. Muy bueno.

Abrazos

Ana Villalobos Carballo dijo...

Escribes desde la distancia, como un mero observador que se queda impasible ante los acontecimientos que nos relatas y, sin embargo, consigues que se sienta el frío, el desamparo. Estamos acostumbrados a la rutina y olvidamos todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
El título me parece un gran acierto.
Es un gran placer volver a leerte.

Un beso que te llegue al corazón

Ana

José Antonio Fernández dijo...

Muchísimas gracias por vuestros comentarios.
Un abrazo desde Selfoss. Mañana salgo hacia Brooklyn.

Javier dijo...

El relato me recuerda la película "SOLARIS", donde después de mas de dos horas de estar viéndola (y varios años en su argumento), todo apunta a que efectivamente lo que se ve es un planeta, cuando al final se descubre que es un ser vivo.
Como nosotros en éste que le llaman "GAIA". ¿Acaso no somos con nuestras ínfimas vidas, aparentemente independientes, parte de otro ser vivo gigantesco donde todo cobra sentido solo para el Planeta?.
Quizas por eso la vida no está para entenderla, sino solo para vivirla.

José Antonio Fernández dijo...

Javier, por lo que veo el efecto de la mariposa te ha llegado, je, je. Está bien esa visión de ver al planeta como un ser vivo que, supongo, con la unión de infinidad ded planetas forman otro ser vivo y así infinitamente. Si no lo he entendido mal, somos personas pero, además, somos planetas. Oye, esto es muy complejo. Lo dejo ahí. Debe de ser que no llego ni a satélite.