sábado, 8 de septiembre de 2018

POEMA DE ARTURO TENDERO




RELATIVIDAD

Es de noche y desde este mirador
contemplo la ciudad como un rosario
de estrellas incapaces
de remontar el cielo. En una de ellas,
la pálida ventana de la 630,
mi padre está muriéndose.
Desde aquí es imposible distinguir
su luz entre las luces
que alguien diría hermosas
como una pira funeraria.
Contemplo hipnotizado cómo arde
y al mismo tiempo estoy con él, ahí,
haciéndome a la idea,
apurando su llama, reteniéndola
sin querer y queriendo en la memoria.
Aunque ya no sucede en primer plano,
no deja de ocurrir ese recuerdo:
Pregunta ¿Y para qué? Y yo le respondo:
Vivamos este ahora.
Su luz, como una estrella que murió,
y sin embargo vemos aún brillar,
sigue parpadeando todavía,
a sideral distancia, en estos versos.

     
      de “El otro ser” Ediciones de La Isla de Siltolá”, 2018


viernes, 31 de agosto de 2018

POEMA DE MARIO MÍGUEZ




ASTROS

EN el punto más alto de la noche
tendido cara al cielo del verano
aquí, sobre la hierba fría,
bajo el inmenso cuerpo
de este cielo desnudo de sus ropas de luz
que al fin muestra, bellísimas,
las incontables luces de su piel,

cómo me tiemblan ávidos los ojos, desbordados
de esa hermosura virgen que no conoce número,
sin poder abarcar cada mirada
nada más que una parte, pero siempre excesiva,
y cómo defendiéndose mi mente
para no enloquecer crea constelaciones
fingiendo dar un orden al vértigo de estrellas.

Astros, astros: sin límites, sin fondo.
Qué embriaguez de destellos, de mínimos fulgores.
Qué intensa sugestión de infinitud…
Lo sé: ni en esencia ni en cifra
puede haber infinito en esos astros;
ellos únicamente
con majestad señalan lo infinito
y hacia su puerta avanzan, sin jamás alcanzarla,
y tan sólo el espacio, como glorioso arquero,
dispara con sus flechas más allá del umbral
a un blanco que ignoramos.

Astros: misteriosas esferas
de fuego, y misteriosas
esferas frías. Astros: plenitud de lo intacto,
y lo único visible cuya imagen
es silencio perfecto.
¿Qué cosa entre las cosas que enmudecen
y en todo cuanto vemos callado en nuestro mundo
sería jamás capaz de igualarlo?
¿Y no es este silencio el que podría
conducirnos más allá de nosotros,
ya sin lugar, sin centro, sin angustiada búsqueda,
hacia un estado puro, verdadero, posible?

Sí, yo deseo más,
deseo más aún,
más astros, más espacio,
quiero todos los astros en mis ojos, en mí,
quiero todo el espacio sin límites, sin fondo:
deseo ir hacia él
y alcanzarlo, ganarlo, conquistarlo
definitivamente…

                            Y de súbito el cielo
adquiere en mí la forma del terror:
detiene el corazón por un instante.
Yo sé que mi terror puede medir
lo que mide mi vida. ¿Qué sucede?
¿Cómo es que ahora el cielo de la noche
iguala la medida de mi vida?
Me hace daño. Está hiriéndome.
Apenas soy capaz de sostener
una sola mirada…

Pero entonces percibo con claridad mi error:
pues todo lo indecible,
aquello que en su signo sobrehumano
nos es ajeno incalculablemente,
se comporta de un modo
distinto por completo a aquel que espera
seguro de sí mismo nuestro espíritu.
En vano es querer ir hacia ese espacio,
porque él está viniendo
sin pausa alguna, siempre, hacia nosotros;
pero sólo en quietud
si aceptamos humildes nuestro límite
podemos recibirlo.

Derrotado, me entrego. Sólo debo esperar…

Y ya en sosiego siento
cómo hacia mí se inclina el rostro de la noche
y su boca intangible cede aliento a mi boca.
De otro modo mi pulso estallaría,
el exceso de espacio podría destrozarme,
el cielo en ese instante me habría destruido.

No fue así. Ahora somos uno:
ya serena la noche
circula libre y lenta por mi sangre.


         de “Difícil es el alba” Editorial Renacimiento, 2018



sábado, 18 de agosto de 2018

POEMA DE ANDRÉS TRAPIELLO




CANTURREANDO

SI fuese a suceder como lo he visto,
será un día benigno, aunque la víspera
habrá llovido tanto, que la azada
hallará su camino buenamente
propalando un perfume delicado
de hierba por el aire,
y el más dulzón olor de la lombriz de tierra
a modo de guirnalda y bienvenida
descansará en mi pecho, y ojalá sea leve,
porque querrá mi corazón tener
sus propios pensamientos
recordando los días que con lombriz cebaba
mis anzuelos de niño
y deseaba que el tiempo del verano,
e igual el de la vida, no se hiciera tan corto.
Me hará gracia pensarlo justo entonces,
ya sin Tiempo ni caña. Ayer estuvo
todo el día lloviendo, mas el cielo
volvió a darnos su más sereno azul
y un crepúsculo, a modo de vitral,
engastado en las ramas más negras de los pinos.
Así sucederá también entonces,
si es cierto que el deseo engendra lo real.
Preguntadlo, si no, a esos mismos pájaros
que intentan hacer todo, hasta dormir,
canturreando,
igual que yo ese día con un poco de suerte.


                     de “Y” Editorial Pre-Textos, 2018


lunes, 23 de julio de 2018

POEMA

                                                   Foto de un servidor



EL MELOCOTONERO

¿CÓMO es posible que algo tan humilde,
una semilla sin apenas pulpa,
plantada en el sustrato del jardín
y mimada durante tantos años,
exuberante surja y nos lo muestre?

En su fertilidad el árbol clama
continuo ofrecimiento. Se regala.

¡Cuánto agradecimiento en sus frutos exhibidos!

El melocotonero
en su misterio envuelto nos muestra la esperanza:
la trascendencia del alumbramiento.
En sus ramas dobladas por la carga
de tanto fruto calentado al sol,
es donde se evidencia la certeza,
su escondido secreto.

Es la razón de ser de la simiente,
gozoso germen, satisfecho anhelo;
fruta en su álgido punto,
que en su celebración es cosechada.

domingo, 3 de junio de 2018

UN POEMA DE PIEDAD BONNETT





AQUÍ GOLPEABA airadamente el padre sobre la mesa
causando un temblor de cristales, una zozobra en la sopa,
volcaba el jarro de su autoridad aprendida, de sus miedos,
de su ternura incapaz de balbuceos.
Adelantaba su dedo acusador y el silencio
era como una puerta obstinada que defendía a los niños del llanto.
Aquí sólo hay ahora una mesa de cedro, unos taburetes,
un modesto frutero que alguien hizo
con doméstico afán.
¿Dónde los niños,
dónde el padre y la madre arrulladora?
La tarde esplendorosa asoma añil y roja detrás de los vitrales.
Y pareciera que tanta paz, tanto silencio pesaroso,
fuera el golpe de Dios sobre la mesa.

  de “El hilo de los días” Frailejón Editores, 2014

lunes, 21 de mayo de 2018

UN POEMA Y UN LIBRO





CANTO RODADO

¿QUÉ discreta tarea?
¿Es encomendación de lo sagrado?

Lustrado por la antigüedad y el sol
surte su mineral allende.

Con la acumulación en sintonía
de aconteceres viejos
lava en calmosa lluvia o torrentera
su firmeza rocosa.

También en la sequía del verano
convierte el pulimento en honradez,
en amistosa unión.

Cuando surge algún viento farragoso
o un terreno revierte deslizado
a vueltas retrocede, o gira, o cambia
la posición de su eje nuclear.
Entonces tiembla en pulcritud su pose.

Ayer pasé y estaba.
Lo vi completo, como en flotamiento.
Pero seguí avanzando. No paré.
No quise resolver su fuego propio.

Mañana volveré. Y ahí estará.
Intentaré entender sus veteados,
el lenguaje endiablado de sus rayas.

Percibiré la vastedad del mundo.
Descubriré hasta el tiempo en su parálisis.

de "Di luz" editado por el Ayuntamiento de Espiel (Córdoba), 2018 

lunes, 16 de abril de 2018

HAIKUS DE ANTONIO MORENO




ENTRE mis dedos,
a punto de soltarlo,
el saltamontes.



¿QUIÉN será el necio
que niegue tu conciencia,
delgada espiga?



ALGO -¿qué?- cruje
bajo la suela, y cuánta
piedad alzándola.



TOCO la albahaca,
huelo en mis manos esto
impronunciable.



SIGO aquí, al pie
del árbol, mientras cae
su última hoja.

     de “Más de mil vidas” Renacimiento, 2018



martes, 3 de abril de 2018

HAIKUS DE SUSANA BENET



Noche desierta.
Solitario el semáforo
cambia de luces.


Guarda la lana
la forma de tu cuerpo.
Vieja chaqueta.


Partido en dos,
qué blancas sus semillas.
Pimiento rojo.


El hortelano,
con el meñique fuera
de la alpargata.


Nadie discute
si la vecina canta.
Patio interior.


de "Grillos y luna" La Isla de Siltolá, 2018


sábado, 17 de febrero de 2018

DOS POEMAS DE ANTONIO CÁCERES





TONO MENOR

INESPERADAMENTE, esta mañana
el corazón dormido se despierta.
Desordena los planes, te dispone
a disfrutar del día, sin cuidado.
Qué diferente el tiempo cuando puedes
mirar así, tranquilo, verlo todo
por un azar pequeño sucediendo.
Elemental presencia de las cosas;
tú, con ellas, dejándote llevar
por esta luz de marzo, que te envuelve.

Un gorrión se planta en la terraza,
picotea unas migas con descaro.
Se inclinan con dulzura las acacias,
sopla suave la brisa que las mueve.
Los transeúntes pasan por la calle,
con sus prisas menudas, sus afanes.
Intentas acercarte, conocer
su identidad, el fondo de sus sueños.

Si lo piensas, es más que suficiente
para abrazar el mundo: la belleza
que en un tono menor nos da la vida.




ESCONDITE EN EL REINO

REZUMA un dulce olor a encina
de las paredes de la casa.
Cristal de luz la claraboya,
su claridad gira despacio.
Esparce el tiempo perezoso
de una mañana de verano.

Ya son las dos. Se abre la puerta.
Te ocultas dentro del jardín;
en una estancia luminosa
que no conoce nadie. Llaman.
Está la mesa ya dispuesta.
Y te demoras, como siempre.

Te ganarás la regañina,
pero no importa: este es tu reino
y nadie tasa el tiempo tuyo.
En él hay cedros y palmeras,
más retirado un pino grande
junto al estanque de las carpas.

Han de crecer contigo. Luego
verán contigo arder el tiempo.

                de “Tono menor” Libros Canto y Cuento, 2017

lunes, 12 de febrero de 2018

DOS POEMAS DE RUBÉN MARTÍN DÍAZ





CALMA

El viento está en la hoja
que se mece a sí misma
mientras cae.

La hoja está en la hoja,
recorrida de viento,
silenciosa de polen,
bajo el pulmón celeste
de los cielos.

Que nada enturbie nunca
el pacto de las cosas,
la sensación de calma
cuando mueren.


EN LO PROFUNDO DE TU SUEÑO
                                              
                                           A mi hijo Hugo

Antes de entrar
te miro en lo profundo de tu sueño,
en el remanso incierto de sus aguas,
y respiro apacible,
tranquilo,
feliz.

Después entro en mi cuarto
como un vulgar ladrón entre las sombras
y hallo en un cuerpo tibio
la ausencia de tu madre.

Qué sencilla aventura
os lleva de la mano hasta otro tiempo,
otro lugar remoto en el que ser.

Apenas me abandono al frío espacio
de sábanas revueltas,
la noche ocupa el hueco de mis ojos cansados.

Y os descubro esperándome en el sueño,
agitando a lo lejos vuestras manos
manchadas por la luna,
tropezando de amor en vuestras risas
alzadas por el viento.
Y pienso,
lenta y conscientemente,
que el mundo es un lugar purificado
-como un lienzo sin óleo-
detrás de las estrellas.

                  de Fracturas”. Editorial Nausícaä, 2016

martes, 16 de enero de 2018

POEMA DE BASILIO SÁNCHEZ

Hay días en que es posible
bajar hasta la calle y pasear
por los alrededores de las casas
con la humilde sospecha de que nada
depende de nosotros,
nada nos necesita.
Sintiendo que no tiene la vida que alumbrarse
con la luz incompleta de nuestros pensamientos
o de nuestras palabras para hacerse presente.

Así, esta mañana,
nada de lo que miro me requiere:
ni el polvo desprendido del castaño de Indias
ni el barniz de las flores arrastradas
por el agua de las acequias,
en el amanecer de otro verano
que ha empezado a extenderse
sobre los paredones de los huertos y ya alcanza
las fachadas de piedra
y las desmochaduras de las torres.

Donde acaban las naves, los talleres,
los viejos edificios arrumbados
del barrio de las minas, hay una nube inmóvil
que se apoya en su bastón de cerezo
y una mujer perdida, detrás de una ventana,
en las ocupaciones del vivir.

Entre la nube y ella se reparten,
a la vista de todos, ignorándome,
las cuentas de colores del baúl de la noche
con las que se abre el día.

Cerca ya de un arroyo,
donde afloran los restos de hierro y de madera
de unas vías en desuso,
las flores blanquecinas de la jaras
arrancan los reflejos de las salpicaduras
sin esperar tampoco a que yo pase,
a que llegue hasta ellas.

Hay nidos de cigüeñas en los postes
vencidos de teléfonos, sobre árboles secos.
Cuando atravieso el puente,
unas hojas flotantes me separan
del fondo del riachuelo, del poso de la nieve
de los otros inviernos, que permanece allí,
debajo de estas hojas,
sin estar obligado a la mañana
ni a mi luz imprevista.

Nada me pide nada: ni el vuelo de una abeja
ni el milagro de un árbol acunado
por un aire de lejos.

Ni el cielo de la tapia
ni el despuntar azul de las violetas
junto a los que regresan caminando,
con las manos cogidas,
de otra noche lavada
por el agua de lluvia de las gárgolas
de la ciudad antigua,
que me ha dejado afuera.

   de “las estaciones lentas” Editorial Visor, 2008

jueves, 11 de enero de 2018

POEMA DE SERGIO NAVARRO RAMÍREZ



EL ROBLE

I – Economía de los bosques

ANTES, joven, el árbol se cerraba
como un puño. Sus ramas fuertes, juntas,
formaban una copa impenetrable
que apenas conseguía hacer temblar
el viento. Sus raíces se clavaban
firmes como puñales en la tierra,
profundas hasta el centro.

Ahora, tras la estación dura del año,
abre sus ramas, viejo y mustio, casi
dejándolas que caigan por cansancio,
como un abrazo a lo que venga: lluvia,
insectos, pájaros…que no atrapaba
cerrando el puño. Rinde ya su cuerpo
a la muerte y ofrece su cadáver
abierto a que lo habiten. Ya florecen
los brotes verdes de esta economía:
pequeñas criaturas colonizan
su muerta arquitectura de raíces
y ramas, como los soldados usan
de establo los vestigios de algún templo
sagrado y milenario.


II – Ritos de invierno

EL roble sigue en pie, negro y enjuto,
cubierto por la última nevada.
Con las ramas quebradas por el viento,
como una mano inmensa y esquelética,
pide limosna al cielo, mendigando,
calor al aire frío de la noche.
De repente, la luz lunar le viste
su desnudez, le colma. Alzan sus dedos
delgados la hostia blanca de la luna,
temblando, como un sacerdote anciano
que celebra sus últimos oficios,
los ritos del invierno. Pordiosea
resurrección.

de "La lucha por el vuelo" Ediciones Rialp, 2017

lunes, 1 de enero de 2018

POEMA DE CARMELO GUILLÉN ACOSTA







EN FRÁGIL SOLEDAD

EN frágil soledad y en feliz calma,
entiendo mi vivir como el del árbol
que hunde sus raíces en la tierra
con un solo deseo, ser la savia
que invade el universo de armonía
y accede con su halo al mismo cielo.

En frágil soledad, me doy al cielo,
a la ilusión de verme siempre en calma,
trenzando en dulce vuelo la armonía
que aviva con fulgor el feraz árbol,
desde la alta copa en que la savia
desciende tronco abajo hasta la tierra.

En frágil soledad, vivo en la tierra
igual que si viviera ya en el cielo,
libando así mi alma de la savia
que el mundo facilita cuando, en calma,
se deja presentir dentro del árbol
en plenitud de ser y de armonía.

En frágil soledad, es la armonía
mi sello personal en esta tierra,
pues vivo para el mundo como el árbol,
que crece para adentro y en el cielo
encuentra ese sosiego y esa calma
precisos para hendir de luz la savia.

En frágil soledad, surge la savia
en ramas de fragor y de armonía,
y dejo mi alma al aire, y en la calma
que el mundo me procura aquí en la tierra,
y que, en mi afán de darme, alcanza al cielo,
imito en mi arrebato al fértil árbol.

En frágil soledad, soy ese árbol
que exuda en su vivir toda la savia,
toda la transparencia que abre al cielo,
y en nudos de ilusión y de armonía
me doy sin condiciones por la tierra,
con renovada entrega y viva calma.

Que si vivir en calma pido al árbol,
también pido a la tierra que su savia
me llene de armonía, como al cielo.


  de “Las redenciones” Editorial Renacimiento, 2017




jueves, 21 de diciembre de 2017

CANCIÓN DE NAVIDAD

                                                      Foto de un servidor


DESDE tiempos remotos                                                         
hay un niño que espera,
en su cesta de mimbre,
a la luz de una vela.

¿Es un ángel divino,
o es un niño cualquiera?
¿Y quién tú que lo miras,
que revives la escena?

¿Tú quién eres? ¿un hombre
que, paciente, le reza,
le susurra al oído:
no más frío, ni guerras?

¿No será que ese niño,
que en la cesta tú observas,
rememora el no ser,
ese ser sin presencia?

¿No es mejor dirigir
tu mirada a la estrella,
encontrar en su luz
la verdad, las respuestas?
                                             

martes, 28 de noviembre de 2017

DOS POEMAS DE FERMÍN HERRERO



SE HA IDO YA la nieve después
de mediodía. Nada dura.
Detrás de la alameda
se está yendo también la tarde. Aun
en la umbría, ha perdido el muñeco
de ayer toda su gracia,
es una bola amorfa. Su mismo
desamparo. Por más que intento
compadecerme de lo efímero,
quiera o no, estoy en lo que alienta:
debajo del espino, entre los restos
de la nevada, zascandil,
un petirrojo escarba, hurga.



ESTÁ LA TARDE desolada,
qué cielo tan violáceo,
qué indefensión ante el frío, con el sol
desfalleciendo. Y desde hace mucho
siguen ahí, muy quietos,
abrazados. De vez en cuando
los miro, me sorprendo,
sonrío, soy su amor. O por lo menos
vuelvo al mío, a cualquiera
de ellos. Está la tarde
mortecina. En cambio, siguen juntos,
se entenebrecen, abrazados. Y yo. Mientras
la vida, mientras. Qué cielo.

     de “De atardecida, Cielos” Editorial Reino de Cordelia, 2012