“Son las doce horas, un minuto y quince segundos”, oigo que me dice. Pero yo no le creo y vuelvo a mirar por la ventana. Aparenta que está todo normal: los niños jugando, el árbol con hojas… Igual es pronto todavía, me digo. Insisto y llamo nuevamente: “Son las doce horas, ocho minutos y treinta y un segundos”. Evidentemente hoy ha de ser el día, de eso estoy seguro. Aún así cojo el calendario y vuelvo a hacer los cálculos con esa aprensión que tienen los que temen haberse pasado de cuentas.
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miércoles, 5 de octubre de 2011
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