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jueves, 30 de enero de 2020

POEMAS DE MARIO MÍGUEZ





SORPRESA

Nunca debes buscar palabras raras
para crear sorpresa.
Es justo lo contrario:
lograr que unas palabras ya muy viejas
y en ti sencillas, claras, renovadas,
de pronto, en el poema, nos sorprendan.


CLARAMENTE

A un misterio no añadas ni problemas
ni enigmas, si lo tratas en tus versos.
Tú no oscurezcas más lo misterioso.
Tú muestra claramente ese misterio.


de “Versos aparte”, prólogo de José Cereijo. Editorial Polibea, 2019

martes, 30 de abril de 2019

DOS POEMAS DE MARIO MÍGUEZ




DESCONSUELO


OH Dios, ¿por qué a mí, el solo, el solitario,
me arrastras de continuo a esta tristeza
con que todas las cosas en mi entorno
lloran mudas, y usando mi alma ordenas
que digan su dolor mediante el mío?...
Oh Dios, al menos dame resistencia...
¿Por qué se duelen siempre en mí las cosas
sin yo poder dolerme nunca en ellas?...



EL MILAGRO DEL VIEJO MANUEL

YA están definitivamente quietas:
hoy se fueron enfriando entre las mías
y no hubo nadie más para estrecharlas.
Qué milagro tan tierno en sus caricias.
Porque aquellas dos manos delicadas,
las temblorosas manos del anciano
que era huérfano y pobre desde niño,
y se crió con hambre y abandono
y vivió el desamparo de las lágrimas,
esas manos cansadas ya y enfermas,
transmitían lo más inesperado:
ofrecían el más puro cariño,
el necesario y limpio amor que siempre
le fue negado a él desde la infancia.



     de “Casi es noche”. Editorial Pre-Textos, 2019





viernes, 31 de agosto de 2018

POEMA DE MARIO MÍGUEZ




ASTROS

EN el punto más alto de la noche
tendido cara al cielo del verano
aquí, sobre la hierba fría,
bajo el inmenso cuerpo
de este cielo desnudo de sus ropas de luz
que al fin muestra, bellísimas,
las incontables luces de su piel,

cómo me tiemblan ávidos los ojos, desbordados
de esa hermosura virgen que no conoce número,
sin poder abarcar cada mirada
nada más que una parte, pero siempre excesiva,
y cómo defendiéndose mi mente
para no enloquecer crea constelaciones
fingiendo dar un orden al vértigo de estrellas.

Astros, astros: sin límites, sin fondo.
Qué embriaguez de destellos, de mínimos fulgores.
Qué intensa sugestión de infinitud…
Lo sé: ni en esencia ni en cifra
puede haber infinito en esos astros;
ellos únicamente
con majestad señalan lo infinito
y hacia su puerta avanzan, sin jamás alcanzarla,
y tan sólo el espacio, como glorioso arquero,
dispara con sus flechas más allá del umbral
a un blanco que ignoramos.

Astros: misteriosas esferas
de fuego, y misteriosas
esferas frías. Astros: plenitud de lo intacto,
y lo único visible cuya imagen
es silencio perfecto.
¿Qué cosa entre las cosas que enmudecen
y en todo cuanto vemos callado en nuestro mundo
sería jamás capaz de igualarlo?
¿Y no es este silencio el que podría
conducirnos más allá de nosotros,
ya sin lugar, sin centro, sin angustiada búsqueda,
hacia un estado puro, verdadero, posible?

Sí, yo deseo más,
deseo más aún,
más astros, más espacio,
quiero todos los astros en mis ojos, en mí,
quiero todo el espacio sin límites, sin fondo:
deseo ir hacia él
y alcanzarlo, ganarlo, conquistarlo
definitivamente…

                            Y de súbito el cielo
adquiere en mí la forma del terror:
detiene el corazón por un instante.
Yo sé que mi terror puede medir
lo que mide mi vida. ¿Qué sucede?
¿Cómo es que ahora el cielo de la noche
iguala la medida de mi vida?
Me hace daño. Está hiriéndome.
Apenas soy capaz de sostener
una sola mirada…

Pero entonces percibo con claridad mi error:
pues todo lo indecible,
aquello que en su signo sobrehumano
nos es ajeno incalculablemente,
se comporta de un modo
distinto por completo a aquel que espera
seguro de sí mismo nuestro espíritu.
En vano es querer ir hacia ese espacio,
porque él está viniendo
sin pausa alguna, siempre, hacia nosotros;
pero sólo en quietud
si aceptamos humildes nuestro límite
podemos recibirlo.

Derrotado, me entrego. Sólo debo esperar…

Y ya en sosiego siento
cómo hacia mí se inclina el rostro de la noche
y su boca intangible cede aliento a mi boca.
De otro modo mi pulso estallaría,
el exceso de espacio podría destrozarme,
el cielo en ese instante me habría destruido.

No fue así. Ahora somos uno:
ya serena la noche
circula libre y lenta por mi sangre.


         de “Difícil es el alba” Editorial Renacimiento, 2018



jueves, 6 de abril de 2017

DOS POEMAS DE MARIO MÍGUEZ


AGONIZANTES

LUCHAN por respirar otro aire nuevo
como si el aire nuestro de esta vida
no les valiese ya, fuese muy turbio,
enrarecido y denso, y los ahogase.
Luchan por acceder a otro aire limpio
distinto del de aquí, de una indecible
pureza que es mortal para la carne.
Y hacen gestos de esfuerzo, que parecen
impotentes, inútiles, absurdos:
dificultosamente empujan con el pecho
una puerta de bronce, y la entreabren;
tras ella está el espacio inconcebible
de ese aire que es luz pura y que es la muerte.
No bastan los pulmones. Todo el cuerpo
resulta insuficiente. Sin embargo
su expiración postrera nunca es signo
de abandono o fracaso: es la llegada.
Quedan quietos de golpe: al fin respiran.




AMISTAD

DIFÍCIL, rara, escasa entre los hombres,
la amistad verdadera es misteriosa:
claramente, sin duda, un don divino.
Y por eso es sagrada: Quien la encuentra
debe cuidarla fiel en su pureza
porque es, como el amor, un sacramento.
Si estás con un amigo ya probado
y en la mutua confianza generoso
¿acaso juntos no participáis
de un ámbito secreto en que sois libres?
¿no hacéis ambos de lo íntimo algo puro?
Tú con él, al igual que hace él contigo,
como un orante has roto las barreras,
y hablas ya sin temor de ti y tus cosas,
mejor que en soledad contigo mismo.


de “Ya nada más” Libros Canto y Cuento, 2017