
El partido de futbol ya duraba más de un mes, pero las órdenes que recibió el árbitro no dejaban lugar a dudas. No debía, bajo ningún concepto, y hasta nueva orden, pitar el final.
Estudios internos, realizados por varios gabinetes independientes han confirmado lo previsible. Desde que dura el partido ha bajado drásticamente todo tipo de delincuencia, incluso el número de horas perdidas por huelgas ha sido casi residual hasta, cosa bastante inexplicable, los sindicatos han pedido que la reunión para la negociación colectiva se posponga al final del partido o, en su defecto, podrían llegar a firmar una pequeña bajada en los salarios, siempre y cuando la reunión no durara más de lo que dura un saque de banda.
Dice el estudio que el único efecto nocivo es el alto absentismo laboral, aunque recomienda que se asuma pues la economía nacional tiene otros parámetros, más importantes, generadores de riqueza, como esa hermandad nacida entre empresario y trabajador, incluso la mejora psicológica de gran parte de la sociedad al confiarles cierto afán de protagonismo, nacido en cada uno de los súbditos, muchos de los cuales creen ser merecedores del diploma “Entrenador del año”.
La única posibilidad con la que no se contaba en el estudio fue esa voz discrepante que en el silencio de un penalti osó decir: “¿para cuándo el pan?”, pero el jugador al que se le encomendó tan importante labor, gran profesional, erró el tiro y el balón, después de realizar una perfecta parábola, dibujada a tiralíneas, fue a parar justo al morro del bocazas, con la consiguiente algarabía y estruendosas risas, que duraron el tiempo justo y necesario hasta que el balón estuvo nuevamente en juego.
(Espero no herir sentimientos. Son simples palabras, con un cierto tono jocoso, sólo eso)
