miércoles, 1 de junio de 2011

VIDA MONACAL DE UN NOVICIO DE PROVINCIAS

Es verdad verdadera.
Conocido es que el monje viste el hábito,
aunque el hábito no hace fraile.

Él, con beata madre protectora,
ansiosa de ocultar las blancas carnes
de su crecido imberbe, suave piel,
tentador pecho oculto en casto vello,
todo virtud, engalanado todo
al fondo de la nave, todo blanco,
al lado de la pila bautismal, toda llena,
donde un reflejo, tanta luz, distrae su culto,
donde una cara de otro imberbe,
también novicio, blanco todo,
le observa con amor de principiante.
Él, digo, ve los ojos que le miran
desde el bendito charco rebotados,
ojos anunciadores de batalla,
él, cuyo amor de madre sólo sabe.

Es verdad verdadera.

Tanto duró el instante, tanto
que la tela empezó a sudar
tibias gotas y no de cera, tanto
que el rubor de su pose mofletuda
borró la sobriedad de su carácter.
Fue un instante, un momento, el roce sólo
en el cachete izquierdo que el osado feligrés,
compañero de fila y amantísimo,
hermoso, blanco todo, todo luz,
le propinó sin miramientos, todo
tan rápido que el dulce pellizquito
en indiscreta zona abrió compuertas,
desbordó inexistentes ríos, tanta reserva,
descorchó fuentes secas y la nave
apareció sin techo y todo fueron
sonidos de trompetas y violines,
y danzas, y campanas repicando
la buena nueva, y un olor
a azúcar derretido y golosina
rompió la piel monótona y llenó
de fiebre las estatuas, blancas ellas.

Es verdad verdadera
que sus ociosas bolsas resecadas,
dos iguales, parejas,
llenáronse de nata y caramelo
y abriólese un prensil anillo
en la hasta entonces dócil, muerta, estaca.
Una sortija desposada se abre
al fiel torrente que se agolpa
en la resucitada vena,
en el bendito hinchado tronco rojo
donde una gota perla, mantecosa,
una lágrima débil al comienzo,
convertida en goteo, luego en mancha, en borrón,
en viscosa presencia, en prueba
determinante, el algodón no engaña,
como un copo de nieve en el infierno,
mancilla la sutil blancura.

Es verdad verdadera
que el rosario cayole de sus manos
torpes y aún inexpertas al amor,
que al agacharse, inmaculado impúber,
se le abriera su túnica sagrada
por delicada zona y faltan ojos
tan atentos al estropicio incluso
esa madre en exceso preventiva,
incapaz de aguantar la imagen
de tan soberbia, dadivosa pose
por su neonato regalada.

Verdad verdadera es que el hábito
no hace el monje, mas más verdad
es que el amor a Dios no basta
si hay que dejar de lado los placeres
cuando el alma y la carne no son dos.
Verdad es que de madre tan estrecha
nazca dócil eunuco
con voz de terciopelo y firma rosa
de fiel maromo despachado.

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