jueves, 23 de abril de 2015

TAN FUERTE EL MAR

   
   
   ESTE lugar al que a menudo vengo
me es propicio a pensar en mí y en todo
lo que en verdad la vida puede darme:
estar en ella y ser lo que ya soy.
Me basta estar aquí, con la conciencia
clara de lo que veo y lo que escucho:
ese extraño delirio que es la vida,
que al fin y al cabo es un trajín continuo
entre un venir y un ir -el desempeño
estricto y riguroso, esa labor
que rompe y regenera de las olas.

Hay vidas que son árboles
que tratan de zafarse de la tierra;
moverse hacia un lugar más favorable.
Mas cuesta percatarse que el vivir
es simplemente estar y recoger
lo que la vida da y lo que propone:
matices de matices de lo mismo:
un tiempo transitorio que aún perdura;
hacer con él lo que nos apetezca,
como seguir el ritmo de las nubes
-cosa que yo hago ahora-
y ver hacerse y deshacerse enteras
de un modo tan sencillo y natural,
delante tuyo y mío, fiel testigo,
únicamente espectador del mundo.

Lo mismo da ser árbol o una nube.
Basta con ser un algo temporal
cuyos días están bien decididos.
Andar para que el mundo esté más quieto.
Vivir. Saber qué es eso de vivir:
es esperar a que la vida pase
y así nosotros a la par con ella.
Tan en silencio como el mar aquél
que en sus aguas acoge tanto y siempre.